Historias de lactancia y bebés prematuros

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Historias de lactancia y bebés prematuros

Por Tamar.- Madre de la Liga de La Leche Tamaulipas

 

 

Cada historia inicia distinto, cada detalle descrito es valioso y la forma en cómo continuará hará que todo valga la pena.

Esta esta es la historia de Tamar y Henry:

Mañana se cumplen tres meses del nacimiento de este pequeño gran milagro que se llama Henry Jacob. Tres meses de lactancia materna exclusiva a libre demanda, de porteo y un par de semanas apenas de pañalear (usar pañales ecológicos o de tela).

Debo decir que no ha sido fácil y que el inicio de este exitoso período de lactancia no fue con el nacimiento de Henry, sino con toda la información y apoyo brindado por la Liga de La Leche de Tamaulipas. Asistir a esas reuniones hizo un mundo de diferencia. Con lo complicado de mi embarazo, debido a mis dos embarazos previos terminados prematuramente con cesáreas nada respetuosas, las pérdidas y sus correspondientes legrados, la cirugía por ovario poliquísitico y endometriosis y otras múltiples operaciones y problemas de salud crónicos, alergia a múltiples medicamentos y a la anestesia; mis miedos eran muchos y bien fundados.

A mi hija mayor no la pude amamantar más que tres o cuatro días y fue una lactancia mixta. Nació de 36 semanas de gestación porque se había quedado sin líquido y tenía datos de sufrimiento fetal. Ya desde el hospital le dieron fórmula en los cuneros “para que yo descansara” y se la llevaron en cuanto nació a la incubadora por protocolo. Solo me la enseñaron y se la llevaron, no la trajeron de vuelta hasta 6 horas después. Yo sabía poco acerca de que esto sería el inicio de una lactancia fallida. A los 4 días de nacida mi beba empezó con un reflujo intenso a lo que el pediatra dijo que “era mi leche que le hacía daño, que suspendiera la lactancia y le diera pura fórmula”. Resultó que ni siquiera era eso, tenía estenosis pilórica y la fórmula solo empeoró todo. Terminó siendo operada de emergencia a los 10 días de nacida y mi lactancia más muerta que volverlo a decir. De ahí probamos un sin fin de fórmulas cada vez más caras que siempre le hicieron daño ya que me dijeron que era intolerante a la lactosa.

Luego, nació mi segunda hija de 34 semanas de gestación, pequeñita y sin ningún problema de salud. En el hospital me pusieron un medicamento para mi epilepsia que la durmió por 12 horas. Me dijeron que suspendiera la lactancia por 14 días en lo que se eliminaba por completo el medicamento de mi cuerpo. Después de eso intenté relactar y hacer lactancia mixta 2 meses y más. Sin embargo, alimentándola con fórmula y biberón, la bebé poco a poco fue rechazando cada vez más el pecho y pues regresamos al mismo camino de encontrar una fórmula que le “cayera bien”. Otra vez fórmulas cada vez más caras que nunca le hicieron bien ya que se estreñía o tenía diarrea y le daba reflujo.

“¡Esta vez no!” me dije a mí misma y decidí prepararme desde el embarazo y buscar un parto humanizado. No se pudo por mis antecedentes, pero logramos una cesárea humanizada, investigando, leyendo y llendo a las pláticas de la Liga de La Leche donde aprendí todo sobre tener un buen agarre para prevenir las temidas y dolorosísimas grietas. Entendí que no es que mi leche no llene a mi bebé, sino que su estómago es pequeño y que mi leche se digiere rápido, que la lactancia es mucho más que alimento, es contención, amor, salud, seguridad y un largo etc. Aprendí sobre los innumerables beneficios de la leche materna en mi salud y la del bebé y me convencí de que mi cuerpo era más que suficiente para sostener la vida que había creado y en el camino también busqué maneras más amigables con el planeta de criar a mi bebé.

¡Todo estaba listo! Cesárea humanizada, inicio de lactancia en la primera hora de vida, cero fórmula, cero biberones, pañalitos de tela y bandolera para cargar el bebé. Pero Henry se adelantó a todo. A las 34 semanas de gestación, inicié mi trabajo de parto. Ya tenía días con dolor y medicamento para detener las contracciones, pero ya no se detuvieron. ¡A correr con la cesárea de emergencia!

Así llegó Henry, pasadas las 11 de la noche de un 30 de octubre. Pesó 2.600kgs., esperaron un par de minutos para pinzarle su cordón umbilical, recorrieron el lienzo que nos dividía y me lo pusieron de inmediato en el pecho mientras el ginecólogo terminaba la cesárea. Su padre estuvo a mi lado todo el tiempo. Abracé a mi bebé, lo besé y traté de iniciar la lactancia en ese momento, pero algo iba mal… Henry se estaba enfriando, no podía respirar bien, su corazón latía demasiado rápido.

Al final necesitó quedarse casi 2 semanas en la unidad de cuidados intensivos neonatales. Llegó a pesar 2.200kg, tenía conectado una máquina de oxígeno, un catéter de su mano a su corazón para los medicamentos, un oxímetro (para medir su oxigenación en sangre), un monitor para su presión, otro para su frecuencia respiratoria y cardíaca, una sonda de alimentación en su boca. Fue duro, no podía ni tocarlo, ni cargarlo. Pero pasando el shock inicial, de inmediato pregunté si le podía dejar leche materna en el hospital. Asombrosamente sí se podía, pero solo de lunes a viernes. Me levanté a un día de mi cesárea saqué fuerza de no sé dónde para ir al otro hospital a extraerme leche para mi bebé.

Agradezco a Dios. Agradezco el apoyo e información que recibí en la Liga de La Leche. La Líder estuvo al pendiente y me orientó sobre cómo extraerme leche cada ciertas horas para mantener la producción y me envió toda la información para hacer mi banco de leche. A pesar de que la Líder tener sus propias ocupaciones familiares no me dejó sola, siempre respondió a mi llamada de auxilio. Agradezco a la persona que con conocerme poco, tuvo en su corazón regalarme así nada más, un extractor eléctrico doble. Y no solo eso, lo trajo hasta la puerta de mi casa y con toda la paciencia y el amor del mundo hacia alguien como yo que estaba en un momento de tanto pánico y miedo, se sentó y me explicó cómo funcionaba, cómo darle mantenimiento, cómo almacenar la leche y hasta me ayudó en mi primera extracción. En medio del caos ella me abrazó y me dijo “no desfallezcas, tu puedes, esto es lo mejor que puedes hacer por tu bebé”.

Agradezco a quienes me regalaron bolsitas para almacenar leche materna, a quien me ayudó también con piezas para el extractor y que siempre estuvo al pendiente de la evolución de mi bebé y mi lactancia. Por último, pero no menos importante, agradezco a mi mamá que me ayudaba con todo mientras yo me dedicaba sólo a extraerme leche cada 3 horas y a ir al hospital, por manejar como loquita conmigo para llevarme a recoger cosas necesarias para mi lactancia. Agradezco a mi esposo que se informó junto conmigo, me apoyó. Cuando estoy sentada amamantando o extrayéndome leche para hacer el banco, él llega del trabajo a bañar a los niños y acostarlos a dormir, cocina la cena, rotula y almacena bolsas de leche materna y me da una palabra de aliento cuando a veces siento que no puedo más con el cansancio. Hay muchas otras personas que nos prestaron su ayuda durante la estadía de Henry en el hospital, pero este agradecimiento va para los que me ayudaron y me ayudan aun a lograr mi lactancia… ¡Ya tres meses! Aunque por momentos tuve miedo, lo hemos logrado!

Al día de hoy, Henry pesa 5.250kg goza de pura lactancia materna a libre demanda, ha sobrepasado la meta de doblar su peso al nacer a los 3 meses de edad. Sí, tuve miedo de que no estuviera comiendo lo suficiente, costó trabajo lograr un buen agarre porque él era muy pequeño. A veces da mucho cansancio amamantar o “dormir” con él bebé pegado pero hoy es una historia de éxito. Mil gracias a todos por su apoyo y por sus oraciones.

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